A 20 años de “Oops!… I Did It Again”, por qué Britney lo sigue haciendo

El 27 de marzo de 2000, a tono con el espíritu de la llegada del nuevo milenio, Britney Spears estrenó el que quizás es su video más emblemático.

Oops!… I Did It Again era el título de su segundo disco de estudio y del primer sencillo que se desprendía de él. Allí, la Britney que había irrumpido en los charts musicales a fines de 1998 con Baby One More Time aparecía en una nueva faceta.

Vestida con un apretado traje rojo de látex, la por entonces “princesa del pop” daba un paso al frente como artista del momento y dejaba claro que lo suyo no era casualidad.

Recuerdo perfectamente el anuncio de MTV y el posterior estreno mundial, que vi por aquel entonces como todo un privilegio de tiempos en los que las redes sociales y la hiperconexión aún era un sueño muy lejano.

Britney era, para los adolescentes de aquellos años, una figura que resultaba absolutamente cercana. Tanto por cuestiones generacionales como por el rápido ascenso que había tenido de la mano de sus canciones y de otros productos audiovisuales asociados al canal musical por excelencia (como el recordado programa Making The Video y las transmisiones de los MTV Video Music Awards).

Sin embargo, el paso del tiempo, la evolución de la industria del entretenimiento y la tecnología desdibujaron lentamente ese escenario inicial en el que Spears se consagró como estrella teen. Quienes fuimos testigos de aquella explosión también recorrimos, junto a ella, el sinuoso camino que tomó su carrera.

En 2001, la todavía joven promesa (que estaba por cumplir 20 años), editó su tercer álbum y dio cuenta de una nueva conversión. En Britney, Spears se sacaba para siempre el traje de adolescente y empezaba a coquetear con un rol de sex symbol que hoy seguramente sería visto con otros ojos. El video de I’m a slave 4U (su primer vínculo musical con Pharrell Williams y The Neptunes) representaba fielmente ese paso y mostraba a la cantante ya sumergida en un nuevo rol.

Dos años después, Spears publicaría una de sus canciones más recordadas y, también, una de las que mejor logró sostenerse en el tiempo. Toxic, todo un clásico para la generación centennial, fue un mega hit algo solitario dentro de In The Zone, el cuarto trabajo de la artista que volvió a ser N° 1 en varios países. A esa altura, la industria empezaba a cambiar fuertemente y Britney parecía ser la dueña de todo lo que vendría.

Ya en 2005, Britney volvería a ser noticia mundial con su recordado beso junto a Madonna y Christina Aguilera, quien vio cómo la edición en vivo de los MTV Video Music Awards de aquel año le relegó para siempre un momento icónico en la cultura pop de aquel entonces. Esa era, también, la señal más concreta de que Madonna (que había colaborado con Spears en Me against the music dos años antes) tenía sólo una sucesora posible.

Sin embargo, en 2007 llegaría su debacle en términos mediáticos. A comienzo de ese año, y en medio del divorcio con el padre de sus dos hijos, Britney salió de rehabilitación a sólo un día de haber ingresado y fue directamente a una peluquería a raparse. “Estaba cansada de que le tocaran el pelo”, fue el motivo de la decisión.

En medio de idas y vueltas emocionales y judiciales (perdió la custodia de sus hijos), lanzó su aclamado quinto disco, Blacklist, frecuentemente calificado como su mayor obra. Pero durante la la promoción del álbum, Spears protagonizó una de las peores interpretaciones que se hayan visto en unos premios MTV. Luego de eso, su prestigio artístico se vio lesionado, pero Gimme more, el single que había cantado en la ceremonia, se convirtió en un éxito global.

Desde entonces, la carrera de Britney fue y vino entre sus vaivenes personales, pero ella logró mantenerse como una estrella en la consideración del público y, además, sumó una especial consideración por sus recurrentes dramas. De alguna manera, la figura intocable se convirtió en alguien mucho más real, tangible; una dotada artista envuelta en la carnicería emocional de la industria, una sobreviviente.

Quizás por eso, pese a sus recaídas, a los rumores respecto a su salud mental y a situaciones complejas en su entorno familiar cercano, cada nuevo disco editado por la estadounidense (tiene nueve en total) volvió a ser un suceso en ventas (o descargas, o streams, según la moda de cada momento). Como jurado de
The X Factor
o con una residencia de shows en Las Vegas, Britney siempre se las arregló para sostenerse entre las favoritas del público. Incluso luego de que se retirara indefinidamente de los escenarios a principios de 2019.

En los últimos días, la cantante publicó en su Instagram –toda una novedad para quienes no hayan revisado algunas de sus publicaciones– una placa con un extracto de la escritora hongkonesa Mimi Zhu. Allí se pueden leer conceptos como redistribución de la riqueza, huelga, “comunión más allá de los muros” y también se destacan los emojis de rosas rojas que eligió la cantante para acompañar la publicación. Todo esto implicaría, según dicen, señales de su inclinación al comunismo.

En definitiva, sea como sea, con música, actitudes o contenido en redes sociales, Britney Spears celebra el vigésimo aniversario de un videoclip muy especial con la certeza de ser un personaje público amado por sus contradicciones, incluso más por sus desgracias multiplicadas en los medios de comunicación. Alguien capaz de inspirar una fiesta temática en Córdoba o un museo propio en Los Ángeles, California.

Habrá que ver lo que depare el destino de Spears como artista y también como persona. Lo que está claro es que, a más de dos décadas de su ingreso triunfal al star system, sigue encontrando la forma de decir una y otra vez: “oops… lo hice de nuevo”.

Foto: AP

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