Encuentros cercanos: Cuando acompañamos a Noel a tomar el té

Entre la cantidad de shows internacionales de rock que se ofrecieron en Córdoba, hay muchos que jamás imaginamos ver por aquí.

Ya sea por coyuntura económica o por la resignación de que a este país lo mueve un unitarismo salvaje, admitamos que jamás soñamos ver a golpe de taxi o bondi a Metallica, Queen, Black Sabbath, Morrissey, Arctic Monkeys, Blur, Moby Guns N’ Roses, Dream Theater, Phil Collins y Stone Temple Pilots, entre otros.

A esa nómina le sumo especialmente al británico Noel Gallagher, no sólo porque tuvimos a metros en el Orfeo al que considero el más grande compositor de canciones del cierre del siglo pasado, sino porque en la previa pude acompañarlo a tomar el riguroso té de las 5 de la tarde. De la tarde del 12 de mayo de 2012.

Acompañar, no compartir, porque mientras él tomaba la infusión, yo sostenía el grabador y hacía preguntas.

Hasta ese momento, había tenido cuatro encuentros con él, siempre atravesados por cierto “distanciamiento social” y en Buenos Aires. El primero se dio en marzo de 1998, cuando Oasis, su máxima creación, debutó en Argentina.

Era un Luna Park humedecido por la expectativa, que se confirmó con un show con la banda en estado de gracia absoluta y a volumen brutal. Fui acreditado pero sin acceso a ninguna situación promocional previa ni posterior.

Eso cambió en la segunda visita de Oasis al país. Fue en enero de 2001 y en el marco del Hot Festival, un evento en el que Noel, Liam y la banda reformada compartieron tablas en el Campo de Polo con Neil Young, nada menos.

Esa vez sí pude participar en una conferencia de prensa en un auditorio del Sheraton porteño y hasta pude filtrar alguna pregunta. Noel llegó solo. Y fundamentó por qué. Palabras más, palabras menos, dijo: “¿A quién le puede parecer importante lo que diga el idiota de mi hermano o el baterista? A Liam no se le entiende nada y el baterista… es el baterista”.

Idéntica situación se produjo en mi tercer encuentro con Oasis, en marzo de 2006, cuando reincidieron en el Campo de Polo pero sólo con su nombre en marquesina.

En esa oportunidad la conferencia fue “grupal” (además de Noel fueron Liam y los ya consolidados Gem Archer y Andy Bell) y consistió en un largo sketch de ellos sentados en una mesa con pocos grabadores, en un entrepiso de un Musimundo del centro porteño.

El cuarto encuentro se dio en mayo de 2009, con el restablecimiento de la fría relación entre estrella de rock dando lo mejor de sí en escena y el humilde periodista con el único derecho de oficiar de espectador entre la multitud, para escribir una crónica. Fue en un River semilleno, testigo de un espectáculo vibrante pero con la sensación ambiente de que algo estaba por romperse.

Sueños y realidad

Pensar en ese momento que el Noel solista pudiera tocar en Córdoba era solo un sueño. Pero (perdón Berugo) se hizo realidad a fines de 2011, con la confirmación de un concierto tendiente a presentar el primer disco de Noel solista. O si se prefiere, el primero junto a los High Flying Birds.

A la negociación de una nota la inicié apenas se conoció la noticia y la concreté en la previa a ese 12 de mayo, con una telefónica que tuvo a Noel Gallagher hablando desde Río de Janeiro minutos antes de subir a escena.

“Bueno, ya está, ¿no? ¿Conforme?”, me sugirieron desde la organización, algo erosionada por mi insistencia en el asunto “la nota con Noel Gallagher”. Pero nunca hay que conformarse del todo en este negocio, siempre hay que ir por más.

Sobre todo cuando los astros se ordenan como en este caso, en el que la persona encargada de la promoción del sello Universal, editor del disco de Gallagher, es un viejo amigo (Miguel Mora) y se cuenta con la visita excepcional de un colega querido como Joaquín Vismara (ayer en la revista Rolling Stone, hoy en Silencio).

“Che, Miguel, ¿dará para que Noel nos reciba en camarines?”, fue el lance. “Capaz que sí, eh”, la respuesta.

Y se dio, finalmente: tras algunas muecas de desconfianza de la tour manager, que después de observar “¿Otra entrevista con el mismo medio?” no permitió cámaras, Noel Gallagher nos recibió en una sala contigua a los camarines del Orfeo, donde se dispusieron unos banquitos de cuerina blanca, una mesa ratona de fórmica negra y un sillón-trono de terciopelo rojo en el que Noel se apoltronó sin que se le desnivele la taza de té que siempre tuvo en mano.

Calle y egomanía

Allí estaba el héroe -músico de clase trabajadora que representaba el fin de una tradición (la de contar cuatro y tocar una canción pop con pretensión de himno), con la mejor onda para afrontar una charla pactada en 20 minutos.

Elegante y con prudente distancia, habló de todo y de todos, nos bendijo con esa retórica que destila calle y egomanía al mismo tiempo.

Y en ese plan, profetizó el cambio cultural que hoy atestiguamos, aun autopercibiéndose como un “viejo vinagre”.

Dijo Noel en ese momento: “Los chicos ya no quieren cambiar el mundo, quieren sentarse frente a su computadora y conseguir la mayor cantidad de amigos posibles en Facebook, jugar videojuegos y hablar pelotudeces por celular. Pero está bien, es la edad moderna. Yo siempre dije que Oasis iba a ser la última gran banda de esta época, y ya lo decía en los cinco años previos a que me fuera del grupo”.

Noel Gallagher subió a tocar con la misma ropa con la que recibió a VOS en camarines. (La Voz/ Archivo)

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