Horacio Fontova fue un artista talentoso e incontenible

“No sé si estoy en paz. Me moviliza la situación existencial. Adónde vamos a ir después de la muerte. Esa es mi mayor fuente de angustia. Yo sé que viene el deterioro, la vejez… Y sí, me preocupa el paso del tiempo, no por coqueto sino por el dolor. Es difícil bancárselo, y uno sabe que viene eso: el dolor”.

Esta cita textual de Horacio Fontova, extraída de una entrevista con La Nación, recobró sentido ayer, cuando se conoció el fallecimiento de este artista singular en el Hospital Finochietto de Buenos Aires, a los 73 años.

Más allá de las interpretaciones que cada uno haga de esta relectura, la sensación es que el “Negro” se fue íntegro, luego de una internación bancada discretamente. Y en la que batalló como un gigante para pulverizar esa angustia que lo desvelaba.

Fontova fue una figura destacada en diversas ramas del arte y la cultura nacionales, por cuanto brilló como diseñador gráfico con la misma intensidad en que lo hizo en la música y en la actuación.

En todos los casos, sus impulsos estuvieron guiados tanto por una amalgama de imaginación y repentización como por un manejo extraordinario del humor.

Como diseñador brilló en las tapas de la revista contracultural Expreso Imaginario, mientras que como músico se destacó por el liderazgo del proyecto Fontova y sus Sobrinos, con el que legó la canción Me siento bien.

Patada de Mosca, Dúo Nagual, Fontova y La Foca, Fontovarios y Fontova Trío fueron otras de sus iniciativas musicales.

Como humorista, Fontova tuvo pantalla caliente junto a Jorge Guinzburg en Peor es nada. En esa producción televisiva, se travestía para inmortalizar al personaje Sonia Braguetti, que seducía a los invitados.

Por este perfil de artista rendidor en todos los frentes, y con sustento cultural, fue convocado por Les Luthiers para reemplazar a Daniel Rabinovich durante una gira por España.

En paralelo a su desarrollo artístico, Horacio Fontova llevó adelante una reconocida militancia justicialista y consiguió el respeto de pares (afines ideológicamente o no) en todos los frentes de su expresión.

Pero en su caso, el respaldo a una visión del devenir sociocultural no se tradujo en participación activa en la administración pública. “Sé que tengo algunos talentos. Para componer canciones, para escribir para dibujar, para ser mimoso. Y sé que no tengo ningún talento para la diplomacia, para la contabilidad, ni para la política”, reveló en la misma entrevista con La Nación.

Pienso en el Negro Fontova y siento la potencia de su voz, de su pensamiento y de su humor, esa agudeza filosa, su compromiso con un mundo mas bueno, y esa guerra que tenía con la hipocresía y la careteada. Iluminó a mi generación, fue valiente y nos hizo sonreír. Aquí se queda.

— Isabel de Sebastian (@isadesebastian) April 20, 2020

Horacio Fontova había nacido el 30 de octubre de 1946, en el seno de una familia de artistas. Su padre era el cantante lirico Horacio González Alisedo; su madre, la concertista de piano María Fontova.

Si bien sus primeras incursiones artísticas profesionales se dan en los ’70 con sus participaciones en las comedias musicales Hair y Jesucristo Superstar, Fontova despertó al mundo de las artes en su adolescencia, etapa en la que formó un dúo foklórico con su prima Susana.

El amor por la actuación se le despertó en la colimba. “En la colimba aprendí a actuar. Daban órdenes no del todo piadosas, como que había que arrastrarse entre cardos y yo veía que la reacción a disgusto de mis compañeros producía resultados horribles. Entonces yo dije ‘A mí no me van a jorobar’. Así que si me decían ‘Ponga cara de guerra’, yo ponía una cara de guerra que los asustaba. ‘Carrera march’, me decían, y me tenían que parar”, recordó como puntapié inicial para una carrera cinematográfica que incluyó participaciones en El regreso de Peter Cascada, La Peste,
Adiós querida luna y ¿De quién es el portaligas?

Más cercanos en el tiempo son sus trabajos para las películas Metegol, Aballay y Sin hijos.

A comienzos de este siglo, Fontova fantaseaba con la idea de un autoexilio serrano, dada la densidad imperante en Buenos Aires, su ciudad de residencia. “Está densa Buenos Aires. Cualquier capital de provincia lo debe estar en este momento, en comparación con La Cumbre. Aquí hay tranquilidad, lo único que necesitan el espíritu y el cuerpo. ¿Por qué no pensar en venir a vivir en un lugar así? Habría que encontrar la manera”, le confesó a VOS en una entrevista realizada en una hostería de esa ciudad de Punilla.

“Se sobrevive con la musiquita, pese al bajo perfil que estoy cultivando. Es que la idea es hacer lo que me gusta”, añadió en esa entrevista, en la que además aseguró que no estaba para hacer concesiones.

“Concesiones no hago… Al revés, espero que hagan concesiones los que me contratan –precisó–. Mi repertorio queda exclusivamente bajo mi dirección. Donde cabe, cabe. Donde no, se la pierden. O me lo pierdo, no sé. Además, acabamos de mezclar un disco en el que participan León Gieco, Peteco Carabajal, Skay Beilinson, Liliana Herrero y Daniel Melingo. Vamos a dejar pasar el verano y en marzo o abril lo editaremos”.

Aquella entrevista continuó así:

–¿Independiente o por un sello?

–Independiente. Los otros ocho discos que hice, no soy dueño de ninguno de los masters. No quiero repetir el error.

–¿Has resignado tu condición de humorista?

–No, porque mi música sigue basada en el humor. Sin humor, no puedo vivir. Es como dicen los gauchos “si no te reí, morí” (lo pronuncia en tono gauchesco y como se lee). Mis canciones siempre están pintadas con humor; lo que sí, éste está cada vez más ácido. Lo que va en serio es la música que hacemos con José Ríos (del dúo Fontovarios, ex bajista de Fontova y Sus Sobrinos). Es folklore, mi primer amor.

–¿Reeditarías la sociedad artística que tuviste con Jorge Guinzburg? ¿Cómo ves en retrospectiva la experiencia de “Peor es nada”?

–Fue una experiencia maravillosa que duró casi seis años. Y con el petiso somos como hermanos, sólo que nuestros caminos se fueron separando. Eso no fue voluntario. Pero estaría bueno hacer algo juntos, aunque trataría de que no fuera Peor es nada. No creo en las segundas partes. Pero un nuevo proyecto lo haría de mil amores con Jorge.

–Por ende, Sonia Bragetti no existe más.

–Sonia está exiliada. Vive en Praga y se casó con un yugoslavo. Tiene hijos, pero conserva el sauna El Marisco.

–Pero se sacó el bigote.

–Sí, pero en realidad nunca fue un bigote, sino los restos capilares de los clientes que se le fueron quedando. No quiso exaltar su feminidad sino estar más cómoda. Es que laburaba mucho.

–¿Sentís que tu música ha dejado un legado?

–De Bersuit a La Mosca… No te voy a decir que soy un pionero pero Fontova y Sus Sobrinos fueron un puntal de toda una expresión salsera y argentina.

–¿Renegás de tus hits?

–Para nada. Si a Me tenés podrido lo volví a grabar en este nuevo disco, en nueva versión. Soy de los que aman cuando León Gieco cierra sus conciertos con Sólo le pido a Dios.

Fontova, en un concierto ofrecido en una estación de subte. (DyN/ archivo)

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