Todo muy lindo, pero a los shows en YouTube les falta la emoción colectiva

En las últimas semanas, distintos artistas han buscado alternativas para seguir en contacto con su público pese a no poder presentarse en vivo ni brindar espectáculos masivos.

Metallica fue precursor con sus #MetallicaMondays, una suerte de ritual digital en el que el grupo comparte un show de su archivo personal cada lunes, con presentación a cargo del propio baterista Lars Ulrich.

Radiohead no tardó en sumarse a la iniciativa y ya lleva publicados dos conciertos completos en su canal de YouTube. Pink Floyd también lo hizo días atrás y este martes Genesis se unió al listado de grandes nombres de la música que vienen haciendo lo mismo.

Ahora bien, este tipo de estrategias, ¿ayuda simplemente a calmar la ansiedad de los espectadores (en cuarentena) o funciona como un paliativo de la falta de recitales?

La respuesta a esa pregunta dependerá de cada uno. Sin embargo, queda claro que ver y escuchar un show en vivo de nuestra banda favorita no reemplaza el cúmulo de sensaciones y emociones que suponen vivir esa misma experiencia en vivo.

Por supuesto, para los seguidores acérrimos de Metallica, de Radiohead y de otros nombres de peso en la historia de la música se trata de una oportunidad prácticamente inédita. Aunque con el avance de la tecnología y con el lugar ganado por YouTube se haya vuelto más habitual poder presenciar recitales completos a través de la plataforma de videos, sigue siendo todo un privilegio poder acceder a este tipo de material antes disponible únicamente a través de ediciones en DVD o en Blu-Ray.

En lo personal, disfruté mucho de escuchar al quinteto liderado por Thom Yorke en una presentación en Irlanda en el año 2000. También me sentí interpelado por la contundencia de los cuatro miembros de Metallica tocando como si no hubiera mañana en un show en su San Francisco natal en 2017. De todos modos, una vez dentro de la experiencia particular de seguir un show a través de una pantalla y de unos parlantes, la sensación varía entre la satisfacción y las ganas de “algo más”.

Evidentemente, hay miles de formas de disfrutar de un concierto (o de otro espectáculo artístico) en vivo y en directo. Algunos preferirán el pogo, mientras que otros elegirán ubicarse al fondo, para poder tener una visión más panorámica, como también habrá quienes elijan posar sus sentidos en todo lo que sucede en el escenario. Esas variantes no están contempladas (aún) en los registros compartidos por estos artistas de renombre, no obstante, el componente fundamental de cualquier show parece todavía muy difícil de reemplazar.

Ver y escuchar un show de Radiohead en Berlín (con buena calidad de imagen y sonido) no tiene nada que ver con la experiencia de vivir el concierto en carne propia. Más allá de los otrora famosos home theaters y sus bondades, ni el clima, ni la potencia del sonido, ni los vaivenes emocionales que se generan en una masa de público pueden replicarse en formato audiovisual.

En ese sentido, se vuelve imposible pensar en este tipo de propuestas como una alternativa para reemplazar la experiencia in situ. Aunque funcionan como un mimo para los fans y pueden servir para atraer nuevos seguidores (¿se imaginan a un adolescente centennial descubriendo a Metallica o a Pink Floyd?), esos registros son incapaces de replicar todo aquello que sucede en una situación de recital. Y sobre todo en uno de este tipo: masivo, monumental, histórico.

Por eso, estas alternativas propias de tiempos de cuarentena deben servir para darle a cada cosa su propia entidad. ¿Sirve como entretenimiento disponer de un espectáculo así a sólo un par de clics de distancia? Claro, en momentos de encierro cualquier estímulo así se agradece. Ahora bien, eso no puede hacernos olvidar algo que extrañaremos y mucho, al menos por un buen tiempo: un recital no es sólo música y performance sobre un escenario.

En un show de estas magnitudes, todo espectador forma parte de una comunidad que se reúne por un interés común. Las sensaciones físicas, la adrenalina, las pieles en contacto, la expectativa por el comienzo o por la llegada de una canción en particular, las ovaciones, los momentos lacrimógenos: todo eso queda al margen, más allá de la contundencia de la actuación.

Seguramente habrá también espectadores que prefieran disfrutar de este tipo de manifestaciones desde la comodidad de sus casas. Sobre gustos no hay nada escrito, desde ya. Pero eso no significa que lo que se transmite por una pantalla sea igualable a lo que se puede vivir estando ahí, más allá de las contingencias particulares. ¿Será lo que necesitamos para revalorizar la experiencia humana y dejar de lado, al menos analíticamente, la fantasía de lo digital?

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Metallica en su show del Outside Lands Festival 2017, ahora disponible en YouTube. (Facebook)

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