“La nueva normalidad”, una buena oportunidad para los emergentes locales

El coronavirus ha exigido replanteos en varios niveles del orden social. Entre ellos, claro, están los relacionados al mundo del entretenimiento, que obligan a pensar modos alternativos de consumo cultural, casi todos reñidos con el concepto de multitudinario.

¿Las salas de cine y teatros anularán algunas butacas? ¿Las discotecas dividirán sus pistas con cintas para que cada cuerpo baile en un metro cuadrado sin la posibilidad de consolidar un ritual seductor? ¿Los shows musicales y tradicionales bailes de cuarteto reducirán su taquilla para garantizar distancia entre asistentes? ¿El bailecito circular ya fue? ¿El pogo también?

Esas son algunas preguntas que surgieron en el último tiempo, y que tomaron fuerza cuando llegaron a nuestros teléfonos imágenes de europeos divirtiéndose como podían en una extraña “nueva normalidad”.

Aquí, la incertidumbre erosiona a todos los involucrados en una industria con réditos basados en concurrencias masivas a un mismo lugar. Los sume en un desconcierto preocupante y sienta las bases de un redefinición que, probablemente, genere una diáspora en el sector.

“¿Qué sentido tiene tanto esfuerzo productivo para tan poco margen de ganancia?” “Si el nivel de burocracia que demandaba la producción de un espectáculo ya era insoportable en la vieja normalidad, en la nueva será medieval”. Razonamientos de este tipo se oyen aquí y ahora, en la sala de embarque de este viaje con destino incierto.

Pero tal como sucede en todo escenario apocalíptico, siempre titilan luces de esperanza.

En el caso de la plaza local, el escenario post pandemia puede resultar muy conveniente para los artistas independientes, que quizás tengan a disposición más salas para mostrarse y, por ende, mejores posibilidades de profesionalizar su propuesta mediante un contacto (a distancia) permanente con un público potencial.

¿En qué se fundamenta esta impresión? En que por una cuestión de costos se resentirá el histórico movimiento de “Buenos Aires a Córdoba”, tan característico en un país unitarista como Argentina e instituido entre nosotros desde hace más de 50 años, por lo menos.

Con costos de producción elevados para poner en escena a un artista porteño-bonaerense, y con la imposibilidad de cumplir con una demanda masiva por cuestiones sanitarias, es probable que todo termine siendo funcional para los “emergentes” locales.

Emergentes locales que ya han dado sobradas muestras de que con un respaldo orgánico de quienes toman decisiones en las altas esferas, pueden abrirse paso con mayor determinación.

Hasta antes de esta situación pandémica, la lógica era más o menos así: un número artístico (unipersonal o colectivo) despunta en Buenos Aires, repercute en la prensa metropolitana, toca un techo en esa ciudad y, entonces, se expande por provincias atravesadas por un sistema mediático centralista.

Históricamente, Córdoba no sólo ha resultado muy funcional a este movimiento, sino que se ha erigido en plataforma consagratoria para una cantidad inabarcable de artistas. Sobre todo en el entretenimiento musical, en el que hay muestras de todo tipo.

En la década de 1990, por ejemplo, el crecimiento exponencial de esas Pyme rockeras luego devenidas en grandes empresas como Los Piojos, La Renga y Bersuit necesitó las bondades geográficas de esta plaza para dispararse.

Algo similar sucedió con los niños-solistas (Soledad, Luciano Pereyra, Abel Pintos) y los grupos (Los Nocheros, Los Tekis) consagrados bajo el estallido de los fuegos artificiales del folklore joven.

En la década de 2000, el caso testigo fue Callejeros, formación que además de contar con respaldo económico y emocional para desarrollarse antes de Cromañón, tuvo todas las prerrogativas para volver a la actividad en el por entonces Estadio Olímpico Córdoba, una vez que superaron las primeras instancias del proceso judicial iniciado por la masacre-tragedia de diciembre de 2004.

Volvamos a tiempo presente.

En el mainstream, los shows programados para el primer semestre se pasaron para el último (el más esperado, el de Wos en Plaza de la Música), sin tener en claro cuáles serán las pautas de producción ni el tope de convocatoria que establecerá el Centro de Operaciones de Emergencia (COE), un organismo eventual que va día a día y que en la semana expuso la ansiedad de la Agencia Córdoba Cultura por alivianar la carga de la cuarentena mediante la celebración del Día del Cuarteto.

Vale una aclaración: este texto no es una agitación chauvinista que celebra que podremos contar con asiduidad ni una invitación al hermetismo cultural.

En todo caso, celebra un nuevo orden hipotético de mayor equidad entre los de afuera y los de adentro.

Telescopios. Una de las bandas en franco asecenso e Córdoba. (La Voz/ Archivo)

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