¿El adiós a lo “urbano”? Una categoría que quedó obsoleta para la música de hoy

En los últimos días, el sitio musical Remezcla actualizó un debate que viene teniendo diferentes capítulos en el pasado más reciente.

El término “urbano”, palabra englobadora para hablar de géneros musicales vinculados a una raíz afrodescendiente, parece haber llegado a un punto de no retorno en términos de representatividad.

La web especializada en cultura latina en Estados Unidos comunicó formalmente el abandono de la palabra para dar lugar a lo que, según ellos, esconde realmente la utilización de este concepto. Y eso no es otra cosa que un sinfín de géneros y estilos que se cruzan permanentemente pero representan, cada uno con sus particularidades, diferentes construcciones culturales.

Rastrear el origen del término puede ser revelador respecto a esta problemática de nomenclatura. “Urbano” fue, desde sus comienzos, una forma de nombrar a artistas y estilos vinculados a las comunidades afroamericanas en Estados Unidos, donde todo debía pensarse en términos raciales.

“El término 'urbano' o 'contemporáneo urbano' fue acuñado en los Estados Unidos en los años setenta como un género de la radio, y fue utilizado como sinónimo de música negra, a pesar de que engloba varios géneros como el funk, el R&B, el soul y, luego, el hip-hop. Este término se ha utilizado en la industria discográfica y en las entregas de premios para separar a los artistas negros, mientras que hipócritamente permite a muchos artistas blancos navegar libremente dentro y fuera de numerosas categorías, incluyendo las urbanas”, explica el artículo de Remezcla que establece la eliminación del término de su jerga.

Y amplía: “Dentro de la música latina, el término urbano sirve de comodín de una mezcla diversa de géneros caribeños, incluyendo el latin trap y el reguetón, pero el término viene con una historia llena de problemas que hiede a exclusión y rechazo, definiendo los géneros amados por los que muchos artistas lucharon”.

Ese tipo de análisis se acerca a lo expresado por Tyler The Creator en la última entrega de los premios Grammy.

“Por un lado, estoy muy agradecido de que mi disco sea reconocido en un mundo como este. Pero también apesta que cada vez que nosotros, y me refiero a chicos con mi aspecto, hacemos cualquier cosa que mezcla diversos géneros, siempre la pongan en una categoría de ‘rap’ o de ‘urbano’”, dijo luego de ganar por su disco Igor como mejor álbum de rap.

“No me gusta esa palabra ‘urbano’. Es sólo una forma políticamente correcta de decir ‘la palabra con N’. Entonces, cuando escucho esto me pregunto: ¿por qué no podemos estar en el pop? La mitad de mí siente que la nominación en ‘rap’ es un cumplido ambiguo”, añadió.

Ahora bien, ¿qué sucede al pensar estas categorías desde el otro extremo del continente americano? Al igual que sucede con la problemática del racismo, es inevitable pensar en los paralelismos que se pueden plantear con la situación del cuarteto, la cumbia y otros géneros relacionados a la música popular bailable que suelen ser englobados como “música tropical” al menos para cierto sector de la industria.

No obstante, deconstruir el término “urbano” y apostar por la difusión y la explicitación de los géneros específicos (sea trap, rap, reguetón, r&b, dancehall, dembow) parece un camino natural en tiempos de reflexión respecto a tradiciones y sesgos heredados de generaciones anteriores.

“Repensar qué nombres y categorías le ponemos a distintos géneros musicales también implica ver qué fenómenos sociales y culturales hay de fondo”, acota la periodista y comunicadora Elisa Robledo, especializada en la cultura hip hop.

“Por ahí lo tenemos muy naturalizado y hasta suena lógico: la música urbana tiene que ver con ritmos que suceden en las ciudades. Pero si investigamos un poco más en profundidad, el concepto de música urbana se consolida a partir de la popularización de los géneros de la black music y fue una manera de encasillar dentro de la industria un fenómeno que venía de la cultura afroamericana, con todos sus contextos sociales de exclusión y de violencia sistemática en todos los ámbitos”, explica.

“Evidenciar eso es interesante para entender que, si lo pensamos con el vínculo en los ritmos latinos, el reguetón, el trap y demás son fenómenos musicales que tienen un epicentro cultural que suele estar por fuera del establishment, de lo aceptado por el mercado y la hegemonía blanca. Me parece interesante como disparador para evidenciar estos procesos de igualdad y exclusión”, acota Robledo.

Y agrega: “Pasa lo mismo con la idea de world music, que antes se usaba para meter en una misma bolsa todo lo que era étnico y no mainstream, y en realidad es una categoría muy simplificadora. Ahorra un montón de investigación y a la vez invisibiliza muchísima riqueza en cuanto a lo musical y a los procesos de fondo, en lo que representa para las comunidades que lo producen, que lo consumen y que lo disfrutan”.

Desde su rol de músico y de cultor de muchos de los estilos encasillados en el concepto de "urbano", Juan Ingaramo le da otra entidad al tema. “A mí lo que me pasa en lo personal, siendo músico, es que todas las etiquetas o formas de separar el asunto no me afectan en lo creativo ni en lo compositivo, que es lo que más me interesa a nivel entraña”, analiza el cantautor.

“Obviamente, si después me nomina en tal categoría u otra, quizás me jode que me nominen en una porque tengo menos posibilidades de ganar, pero todas esas cosas son más bien algo de la industria, de la prensa, que del artista. Un artista cuando trabaja no está pensando en el género o la categoría: hace”, define Ingaramo.

“En lo personal, son debates que no me interpelan. Sí los festejo en tanto sean formas de emanciparse de la opresión históricamente construida por el poder y sobre todo contra las minorías. Como artista no la siento, no me pasa cerca”, añade el cordobés.

Y ejemplifica: “Te nominan en pop contemporáneo o en música urbana, ¿cuál es la diferencia? Es muy sutil. Pero no evalúo eso a la hora de componer, de tocar, de trabajar”.

“También hay una cuestión del mercado, que tiene que ver con creer que son cosas que van a durar cinco, siete o 10 años, con un ciclo muy corto de vida”, acota Robledo. “En ese sentido hay que hacer una apuesta por las manifestaciones de la juventud, que tienen un porqué y tienen un mensaje que viene a enriquecer y a multiplicar”, reflexiona.

La sensación latente es que la potencia diversa que alguna vez pudo tener el término “urbano” a la hora de entender un universo desarrollado en las últimas décadas ya no es tal.

Incluso para quienes utilizamos el concepto desde un lugar alejado de cualquier tipo de discriminación (al menos consciente), las recientes manifestaciones en relación al racismo en el mundo occidental (y a la percepción que se tiene sobre ese fenómeno hoy en Argentina) obligan a repensar el uso de este tipo de conceptos tan englobadores como homogeneizantes.

No es necesario encontrar un sustituto ni una mejor definición. En todo caso es momento de apostar por la profundización y el enriquecimiento de cada uno de esos universos cobijados históricamente bajo este eufemismo. Todo a partir de algo tan simple (y tan complejo) como volver sobre aquellas palabras que usamos día a día para narrar el devenir del mundo.

Foto: AP

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