Punto de vista: Enrique Bunbury faltó a la cita

Hace unos días, comenzó el bullicio promocional en torno a El método Bunbury
, un libro próximo a editarse que demuestra que el cantante español ha copiado versos y fragmentos de libros de poesía, de novelas y de obras de teatro en varias de sus canciones.

El libro releva los 30 años de carrera del excantante de los Héroes del Silencio y tiene fundamento no sólo porque aporta pruebas categóricas, sino porque está escrito por un fan absoluto.

Más precisamente, por el reconocido (y premiado) escritor Fernando del Val, quien en la semana ganó centralidad al asegurar que ha detectado decenas de canciones en las que el músico utiliza fragmentos (de poemas, sobre todo) de una lista sábana de autores, que va de Mario Benedetti a César Vallejo.

Allí también se amontonan otros tantos hispanoamericanos (Pablo Neruda, Fernando Arrabal, Felipe Benítez Reyes, Fernando Sánchez Dragó, Blas de Otero, Gabriel Celaya, Nicanor Parra, Antonio Gamoneda) y creadores en otras lenguas oportunamente traducidos al español (Charles Bukowski, Michel Houellebecq, Haruki Murakami).

El método Bunbury https://t.co/zgdtGDO6n4 a través de @wordpressdotcom

— Fernando Sánchez Dragó (@F_Sanchez_Drago) June 25, 2020

Del Val descubrió la filtración de 539 versos, distribuidos en dos discos de Héroes del Silencio (de un total de cuatro) y en nueve discos solistas (de un total de 10).

Los datos son categóricos y esmerilan la reputación de Enrique Bunbury en cuanto creador de canciones con líricas inspiradas y observaciones precisas. Y, por supuesto, invitan a revisar al detalle a Posible, reciente lanzamiento del zaragozano de 50 y pico.

Ahora bien, ¿es plagio? Según el diccionario de la Real Academia Española, esta palabra viene del latín tardío plagiāre, que aludía al hecho de “robar esclavos” o a “comprar o vender como esclavos a personas libres”, y luego fue desarrollándose hasta tener su significado actual: plagiar es “copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias”.

La RAE, incluso, extiende sus precisiones al espacio de lo jurídico. Para el derecho civil, plagiar es “copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias”, mientras que, en el penal, “copiar una obra ajena con ánimo de obtener un beneficio económico directo o indirecto y en perjurio de tercero”.

La acción de Enrique Bunbury es plagio, claramente. Porque, además de corresponderse con estas determinaciones de la RAE, transgrede límites establecidos por la Ley de Propiedad Intelectual (la número 11.723 en Argentina, de alcance bastante similar a normas de otros países, de acuerdo con fuentes consultadas por VOS).

Entonces, si mediara una acción judicial de los autores (o de sus herederos), debería haber un resarcimiento económico por la utilización de los derechos de autor sin autorización.

La exposición promocional de Del Val llegó acompañada de algunos ejemplos irrefutables, en los que la concatenación de versos de un poema preexistente apenas estaba afectada por una sola palabra irrelevante. Es decir, no se trata de referencias vagas, sino de la apropiación de una obra ajena para potenciar la totalidad de otra, finalmente manufacturada (con fines comerciales) como propia.

“El problema ha sido la opacidad, cómo ha jugado con las letras no compuestas por él”, precisó Del Val en El País, de Madrid
, al tiempo que recordó que “centón” es la palabra de nuestro idioma que remite a esta técnica.

Otra observación del autor del relevamiento: si Bunbury hubiera citado, él no estaría en tren promocional porque su libro no existiría.

En la música, los límites establecidos por la Ley de Propiedad Intelectual son más conocidos en el caso de lo sonoro (si una pieza tiene más de tres compases idénticos, es plagio) porque son expuestos de modo más frecuente en disputas judiciales. Pero eso no significa que no existan para el componente literario de las canciones.

Curiosamente, en una reciente entrevista con este diario, Bunbury dijo, entre otras cosas, que “las canciones no mienten”. Es más, esa expresión fue elegida como título.

“Creo que en mis canciones se puede leer mucho de lo que pienso y que, aunque algunas estén abiertas a interpretaciones, las canciones no mienten. El lenguaje de las canciones contiene una dosis de poesía que las aleja del periodístico o de lo meramente propagandístico. Esa es al menos mi intención. Creo eso no quita que la honestidad y el misterio puedan convivir”, analizó el artista.

Si bien el descubrimiento de Del Val no lo refuta, sí le pone un coto a la construcción de su verdad.

Queda por analizar cómo repercutirá en el mediano plazo esta revelación en los fans de Enrique Bunbury, interpelados por unos modos expresivos caracterizados por un manejo literario “excelso” y por una representación gestual consecuente con ese nivel de profundidad. ¿Volverán a escucharse esas obras sin interferencias emocionales? ¿Prevalecerá el placer auditivo, a fin de cuentas?

En nombre de la libertad, siempre hay que batallar contra la cultura de cancelación. De todos modos, en este caso, tiene todo el sentido manifestarse decepcionado a los cuatro vientos.

Enrique Bunbury, señalado como plagiador. (Warner Music)

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