A 20 años de “Kid A”, el disco con el que Radiohead se deconstruyó y marcó un quiebre en su propia historia

20 años atrás, en los primeros meses de este complejo y turbulento siglo, Radiohead editaba el que quizás sea su disco más polémico, su obra más enigmática y rupturista, y también su bisagra como proyecto creativo: Kid A.

Pero aquel 2 de octubre de 2000 la banda apenas podía dimensionar lo que significaría este momento en su propia trayectoria y en la historia oficial de la música pop/rock contemporánea.

De hecho, el lanzamiento de Kid A estuvo lejos de ser inmediatamente celebrado y vitoreado desde varios frentes. Con el paso del tiempo, críticos, colegas y figuras de la cultura en general se plegaron a la hoy casi hegemónica consideración del disco como una obra central del canon musical de, al menos, los últimos 40 años. Pero como cualquier obra maestra, Kid A tuvo que superar el momento de consternación que su propia música y su innovador espíritu generaron.

Hoy parece difícil que un proyecto que incluya canciones de la talla de Everything In Its Right Place, The National Anthem, In Limbo o Motion Picture Soundtrack no sea valorado como una conjunción exquisita de belleza musical en sentido estricto y dosis varias de experimentación, búsqueda e investigación. Sin embargo, luego de haber publicado un disco como Ok Computer tres años antes (en 1997), Radiohead se distanció casi completamente de esa fórmula que había consagrado a la banda como sinónimo de “rock” a nivel mundial.

En ese sentido, Kid A funciona de manera explícita como una contraposición a ese Radiohead de mediados de los ’90 que quedó anclado en la memoria emotiva de muchos fanáticos del rock alternativo: guitarras abrasivas, una base rítmica potente, dosis justa de melancolía y expresividad.

Por eso es factible ver a este álbum, y al proceso creativo que lo antecedió –y que marcó para siempre al quinteto-, como la puerta de entrada no sólo a un nuevo siglo sino a una nueva forma de entender la razón de ser de Radiohead como proyecto y como referencia artística de su tiempo.

Efectivamente, y a partir de lo padecido por Thom Yorke en su rol como cara de la banda, el grupo decidió ir en contra de todo lo que había construido su creciente masividad hasta el momento. En una jugada tan brillante como arriesgada, los músicos y el productor Nigel Godrich se animaron a aprender nuevamente el arte de escribir canciones y hacer música. Ya no en la sala de ensayo, con instrumentos y formación de “grupo de rock”, sino en el estudio y con sintetizadores y otros instrumentos electrónicos como nueva materia prima a explotar.

Ese aspecto tímbrico –los sonidos concretos que son elegidos en cada instrumento para vestir las canciones- no es un detalle menor. De hecho, basta escuchar los subsiguientes álbumes de la banda para encontrarse con muchas pistas que remiten de una u otra forma a este proceso bisagra, aquel en el que Radiohead logró deconstruirse como organismo de producción y reajustó sus piezas para nunca más volver a mirar hacia atrás.

Frente a esa impronta -traducida en un álbum que coquetea con la música electrónica, el free jazz, la tradición académica y sus innovaciones de principios del siglo 20 y, sí, el rock-, muchos se asustaron y se distanciaron. Pero muchos otros fueron cayendo lentamente en el conjuro. El tiempo hizo su trabajo y poco a poco el disco empezó a ser visto como una puerta abierta a nuevos mundos, muchos de ellos hasta ahora ausentes de los primeros planos de la industria musical.

Quiebre

En ese gesto estético de ruptura y renacimiento, Radiohead también logró liberarse para siempre de las presiones externas. Haber podido trabajar sin plazo y con presupuesto ilimitado fue, de algún modo, un disparador para entender de otra manera el lugar de la banda en la dinámica de la industria y del comercio musical.

Kid A representó, además, el punto de partida que desembocaría en la edición independiente de In Rainbows, álbum que significó un cimbronazo en su contexto (2007) a partir de su edición digital gratuita y la posibilidad de pagar a discreción por su contenido. De hecho, el grupo también experimentó con internet como una posibilidad concreta de elaborar su propio medio de comunicación en forma de página web.

“Entre julio de 1999 y junio del 2000, Ed llevó un diario online en el sitio web oficial, explica Marvin Lin en su libro Kid A, de la colección de 33 y 1/3, publicado recientemente en Argentina y que disecciona las principales temáticas que giran en torno al cuarto trabajo del proyecto inglés.

“El objetivo era mantener a los seguidores al tanto del proceso de grabación de Kid A y Amnesiac. A veces tenso (“Qué semana de mierda. A veces siento que la esencia de esta banda es hacer todo de la manera más difícil posible”), celebratorio (“[es] fantástico ser parte de nuestra banda”) y aburrido (“Nigel realizó lo que parece ser una buena mezcla de Dollars and Cents. Trabajamos más sobre la batería de t+j”), los posteos de Ed intentaban, según él mismo dijo, “desmitologizar todo este proceso de hacer un disco nuevo”. Como conclusión, hizo un breve pero fuerte pedido: “Por favor, lean No logo de Naomi Klein”.

Ese pequeño extracto alcanza para remarcar algunas variables asociadas a Kid A. No sólo fue un disco de quiebre a nivel artístico y humano –con sus dudas y sus inseguridades, por supuesto-, también significó un paso definitivo de la banda en la arena política de su tiempo.

El álbum mostró perfectamente –por oposición y decisión- el funcionamiento de la “picadora de carne” de la industria discográfica y también funcionó como un resonador de lecturas, ideas y referencias. Todos hipervínculos que, en definitiva, enriquecen lo que de por sí ya pregonan las canciones desde su apuesta por el desafío y por estimular a una audiencia para nada pasiva.

En lo personal, y como fanático asumido de la banda, Kid A fue uno de los discos que más me costó abordar. Pasó mucho hasta que pudiera disfrutarlo de principio a fin, como la obra que es y sin los prejuicios frente a aquello tan distinto que nos desconcierta. Pero una vez dentro de su universo, el álbum exhibe ese halo que transmiten títulos como Dark Side of the Moon, de Pink Floyd, o Artaud, de Pescado Rabioso/Luis Alberto Spinetta.

No se trata sólo de música maravillosa para disfrutar en distintos niveles de apreciación. También hay todo un entramado de conceptos, imágenes, procesos y descubrimientos que transforman a la relación oyente-artista. A esta altura me cuesta no pensar en Thom, Jonny, Phil, Ed y Colin como virtuales hermanos mayores. De esos que un día te dejan un disco, un libro o una película a mano y te cambian la percepción del mundo con el humilde y sencillo acto de compartir “data”.

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